GRANDES BIBLIOTECAS DE LA ANTIGÜEDAD QUE YA NO EXISTEN

Las bibliotecas son una realidad consolidada a lo largo de más de cuatro mil años de historia, que discurre paralela a la de la  escritura y el libro. 

Las bibliotecas nacieron en los templos de las ciudades mesopotámicas, donde tuvieron en principio una función conservadora, de archivo y registro de hechos ligados a la actividad religiosa, política, económica y administrativa, al servicio de escribas y sacerdotes.

Las primeras bibliotecas-archivo

En la antigüedad, las bibliotecas servían servían como archivos imperiales, santuarios de escrituras sagradas y depósitos de literatura y crónicas. Los documentos de las primeras bibliotecas estaban escritos en escritura cuneiforme en tablillas de barro, un soporte que ha garantizado su conservación. Destacaron especialmente las bibliotecas-archivo de Mari, Lagash, Ebla, Ugarit y Assurbanipal.

Mari, una ciudad antigua situada al oeste del Eufrates en la actual Tell Hariri (Siria) que estuvo habitada desde el quinto milenio a.C y su etapa de mayor esplendor fue entre el 2900 a. C y el 1798 a. C., cuando fue saqueada por Hammurabi.  Mari fue descubierta en 1933 (aún en la actualidad se sigue excavando) y desde principio de las excavaciones fueron encontrados alrededor de 25.000 tablillas cuneiformes.
La ciudad-estado de Lagash fue una de las ciudades más antiguas de Sumeria y más tarde de Babilonia. 

Las ruinas de Lagash fueron descubiertas en 1877 y entre ellas  unas 30.000 tablillas de arcilla con inscripciones, guardando los registros de negocios, y revelando con extraordinario detalle la administración de un antiguo templo de Babilonia, el tipo de propiedad, el método de conrear sus tierras, y sus tratos comerciales e industriales y empresariales. Desafortunadamente, antes de que estos archivos pudieran ser extraídos, las galerías que los contenían fueron saqueadas por los árabes, y un gran número de tablillas fueron vendidas a comerciantes de antigüedades, quienes las esparcieron por toda Europa y América.

Ebla era una ciudad antigua localizada en el norte de Siria, a unos 55 km al sureste de Alepo-. Fue una importante ciudad-estado en dos periodos, primero en el 3000 a. C, y especialmente entre los años 2400 y 2250 a.C., cuando se conocen de ella diversos reyes, varias bibliotecas e importantes documentos epigráficos. Continúa su existencia entre el 1800 a. C. y el 1650 a, C., pero ya perdida su independencia y relieve. El sitio es sobre todo famoso por los archivos con más de 20.000 tablillas cuneiformes datadas alrededor de 2250 a. C., en sumerio y en eblaita, una variante lingüística del idioma semítico oriental. Buena parte de los materiales epigráficos se encuentran en el vecino museo regional de Idib (Siria).

Las bibliotecas de Ugarit (Siria), 1200 a. C., comprenden archivos diplomáticos, obras literarias y las primeras bibliotecas privadas encontradas hasta la fecha cuyas ruinas, y las de la antigua ciudad, fueron descubiertas en 1928. Buena parte de sus descubrimientos se encuentran en el museo Prehistórico y Galorromano de Estrasburgo, Francia. En el edificio que pudo ser identificado como el Palacio Real se hallaron 90 habitaciones y dos librerías privadas, con textos inscriptos en tablillas. Una de estas bibliotecas pudo identificarse como perteneciente a una persona llamada Rapanou, que posiblemente fue un diplomático dada la gran cantidad de manuscritos referentes a relaciones internacionales encontrados allí. Es una prolífica biblioteca, donde se encontraron textos no sólo diplomáticos, sino también religiosos, políticos —listas de Reyes Ugaríticos, costumbre registral que los diversos pueblos de la zona aplicaban desde tiempos sumerios—, comerciales, jurídicos —códigos legales, compraventa de tierras—, científicos, administrativos y literarios. 

Estos textos, escritos principalmente en alfabeto cuneiforme, fueron hallados no sólo en idioma local —el ugarítico era un pueblo semita—, sino también los grandes idiomas del Cercano Oriente de la época: acadio, sumerio, hurrita chipriota, luvita y egipcio — estos dos últimos en escritura jeroglífica. Excavaciones posteriores, en 1958, 1973 —en la que se encontraron 120 tablillas— y 1994 —en la que se encontraron 300 tablillas— permitieron detectar respectivamente en cada una de ellas una nueva biblioteca, totalizando cinco las identificadas, con las dos previamente descubiertas del Palacio Real. La colección de tablillas correspondiente a la primera fue vendida en el mercado negro, rescatada casi en su totalidad por el Instituto de Antigüedad y Cristiandad de la Escuela de Teología de Claremont.

Asurbanipal fue el último gran rey de Asiria.Reinó entre el 668 a. C. y 627 a. C. En el reinado de Asurbanipal, el esplendor asirio era evidente no sólo en su poderío militar, sino también en su cultura y las artes. Asurbanipal creó la biblioteca de Nínive, famosa y considerada desde su creación, la cual fue la primera biblioteca que recogió y organizó el material de forma sistemática. En Nínive se recogió toda la literatura disponible en escritura cuneiforme en aquel entonces (tablas hechas de arcilla). Algunas tablillas de la biblioteca de Nínive conservan las versiones más completas del poema de Gilgamesh (considerada como la narración escrita más antigua de la historia) en los lenguajes sumerio y acadio. Otras eran usadas como diccionarios sumerio-acadio, mientras que algunas contenían textos sobre astronomía y astrología.

En su excavación se llegaron a reunir hasta 22.000 tablillas, encontradas bajo los escombros del palacio real en Nínive, pues cuando los babilonios arrasaron Nínive al mando de Navopolasar en el 612 a. C., destruyeron gran parte de su contenido. El juego más grande de tablillas se encuentra en el Museo Británico, en Londres. Se trata de textos "proféticos", que enseñaban a los escribas a interpretar el significado de lo que presenciaban.

Periodo helenístico

En la antigua Grecia el libro y las bibliotecas alcanzaron un gran desarrollo. Las bibliotecas adoptaron formas que pueden considerarse como antecedentes de las actuales. La escritura griega, derivada del alifato (alfabeto árabe) semítico, permitió generalizar en cierta forma el acceso a la lectura y al libro y que aparecieran, por primera vez, bibliotecas desvinculadas de los templos.

Durante el período helenístico (323 a 31 a. C.) hubo varias bibliotecas importantes y legendarias en el mundo Mediterráneo, siendo la mayor la de Alejandría (Egipto), establecida alrededor del año 300 a.C., pero donde también destaca como la más cercana rival de la de Alejandría la biblioteca de Pérgamo, en lo que hoy es Turquía.

La antigua biblioteca de Alejandría fue en su época la más grande del mundo. Se estima que fue fundada a comienzos del siglo III a. C.por Ptolomeo I Sóter, y ampliada por su hijo Ptolomeo Filadelfo, llegando a albergar hasta 900.000 manuscritos, una de las mayores colecciones del mundo clásico.

Tanto la biblioteca original de Ptolomeo como su sucesora, la Biblioteca-hija o Serapeo, fueron múltiples veces dañadas y finalmente destruidas en las sucesivas invasiones y posteriores saqueos de la ciudad por parte de romanos, cristianos y finalmente musulmanes, junto con gran parte de su contenido.

En 1987salió a la luz un ambicioso proyecto cultural: construir una nueva biblioteca —la Bibliotheca Alexandrina— en la ciudad de Alejandría para recuperar así un enclave mítico de la Antigüedad, patrimonio de la Humanidad. Esto ocurría 1.600 años después de la desaparición definitiva de aquellas grandes colecciones del saber. Para llevar a cabo semejante proyecto se unieron los esfuerzos económicos de diversos países europeos, americanos y árabes, más el gobierno de Egipto y la Unesco. Finalmente fue inaugurada el 16 de octubre de 2002.

La Biblioteca de Pérgamo (Siria) fue creada por la dinastía atálida en el siglo III a. C, y se considera la segunda mejor biblioteca helenística tras la de Alejandría.

Cuando los atálidas cesaron de exportar papiros, en parte por culpa de la rivalidad con Alejandría y también en parte por los recortes presupuestarios, los ciudadanos de Pérgamo inventaron una nueva sustancia para emplear en la fabricación de códices, llamado pergamum o pergamino, un material más duradero, en referencia a su ciudad de origen. Se fabricaba a partir de cuero de ternera lechal, un precedente del papel vitela y del papel ordinario. 

El rey de Pérgamo Átalo I Sóter fue el fundador de la biblioteca y su hijo Eumenes II fue el que la agrandó y fomentó llegando a acumular hasta 200.000 volúmenes (otras fuentes hablan de 300.000). Allí se estableció una escuela de estudios gramaticales, como había sucedido en Alejandría, pero con una corriente distinta. Mientras en Alejandría se especializaron en ediciones de textos literarios y crítica gramatical, en Pérgamo se inclinaron más a la filosofía, sobre todo la estoica.  

Parece ser que en esta biblioteca se guardaron como un gran tesoro y durante cien años los manuscritos de Aristóteles, sin hacer ediciones y sin publicarse. Sólo cuando llegaron a Romay bajo la insistencia y el empeño de Cicerón se procedió a editarlos y darlos a conocer no sólo a los estudiosos de las bibliotecas sino a todo el que quisiera leerlos.

En el año 47 a. C. ocurrió el incendio de Alejandría, arrasando parte de su biblioteca, a raíz de los enfrentamientos por mar entre el ejército egipcio y julio César. Así, según Plutarco, más tarde, como recompensa por las pérdidas, Marco Antonio habría mandado al Serapeo de Alejandría los volúmenes de la biblioteca de Pérgamo, que ya había sido saqueada con anterioridad por causa de las luchas políticas que hubo en Asia Menor en aquellos años. Éste fue el fin de la segunda gran biblioteca de la Antigüedad.

Época romana

La conquista romana del reino de Macedonia en 168 a.C. condujo a la incautación de su biblioteca imperial, que fue trasladada a Roma. En la propia Roma, deudora de la cultura griega, se empleó el mismo soporte escriptóreo, el rollo de papiro. Allí se fundó la primera biblioteca pública de la que hay constancia, por parte de Asinio Polión.

No obstante, durante el Imperio Romano se construyeron grandes bibliotecas en Roma, generalmente con edificios separados para obras en latín y griego. Se calcula que desde 350 d.C., 60 años antes de que la ciudad fuera incendiada y saqueada por los visigodos, había 29 bibliotecas públicas en la ciudad, todas perdidas ahora, como la Octaviana y Palatina, creadas por Auusto y la Bibliotec Ulpia, del Emperador Trajano.

Las bibliotecas privadas de la antigua Roma también eran de consideración ya que la aristocracia romana veía su biblioteca como un punto de prestigio. Muchas de ellas fueron transformadas en monasterios en la edad media.

Otras bibliotecas perdidas



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