EL ULTIMO RETRATO DE GOYA: SU NIETO MARIANO

Una de las postreras obras de Goya es el  retrato de su único nieto Mariano que sería,  casi con seguridad, el último retrato del genio aragonés.

En la parte trasera del lienzo Goya escribió una dedicatoria a su nieto y la edad a la que lo pintó.

Retrato de Mariano, nieto de Goya
La familia de Goya

En cuanto a su vida personal, Goya (1746-1828) se casó con la hermana del también pintor Francisco Bayeu, Josefa, el 25 de julio de 1773 y tuvo el primer hijo (Antonio) el 29 de agosto de 1774.

A finales de ese año, posiblemente gracias a la influencia de su cuñado, Goya es llamado por Mengs a la Corte de Madrid para trabajar como pintor de cartones para tapices. Será esta una etapa que llevará a Goya a un trabajado ascenso social como pintor real.

Ya en Madrid nacerán el resto de sus hijos: Eusebio (1775), Vicente, María del Pilar, Francisco de Paula (1780), Hermenegilda (1882) y Francisco Javier (1884). Seis de sus siete hijos  no llegarían a la edad adulta, excepto Javier, el pequeño, que sería su heredero.

De la esposa de Goya, Josefa Bayeu, “la Pepa” como él la llamaba familiarmente, se sabe muy poco, sólo que debió ser mujer hogareña, discreta y siempre a la sombra del pintor, tanto que no se prodigaba en absoluto y que no influyó casi en la vida de su marido.

No se conocen detalles de su existencia y su imagen sólo nos ha llegado por un dibujo a lápiz del propio Goya cuando ella contaba con más de 50 años (data 1805) y donde se la ve ya avejentada y encorbada, pero no es, como se ha creído erróneamente, aseguran los expertos hoy día, el retrato femenino de una mujer joven sentada en un sillón con una pañoleta blanca transparente y las manos enguantadas sobre el regazo, que por la fecha de la realización debía contar entre veinte y treinta años (1814-16). 

El 8 de julio de 1805 se casa el ya único hijo vivo de Goya, Javier, con Gumersinda Goicoechea, hija de un rico comerciante de Madrid. Con ocasión de la boda, el artista hace pequeños retratos de su familia política. Pero allí también sucederá algo más: el pintor aragonés conocerá a la mujer con la que compartirá los últimos años de su vida, Leocadia Zorrilla, prima de su nuera.

Últimos años de Goya

En mayo de 1823, las tropas del duque de Angulema toman Madrid con objeto de restaurar la monarquía absoluta de Fernando VII y se produce una inmediata represión de los liberales que habían apoyado la constitución de 1812.

Goya, temiendo los efectos de esta persecución solicita al rey un permiso para convalecer en el balneario francés de Plombières alegando motivos de salud, permiso que le fue concedido. Goya llega a mediados de 1824 a Burdeos, donde residirá hasta su muerte.

Su estancia francesa solo se vio interrumpida en 1826, año en que viaja a Madrid para cumplimentar los trámites de su jubilación, que consiguió con una renta de cincuenta mil reales sin que Fernando VII pusiera impedimentos a ninguna de las peticiones del pintor.

El 28 de marzo de 1828 fueron a verle a Burdeos su nuera y su nieto Mariano, pero no llegó a tiempo su hijo Javier. Su estado de salud era muy delicado, no solo por el proceso tumoral que se le había diagnosticado tiempo atrás, sino a causa de una reciente caída por las escaleras que le obligó a guardar cama, postración de la que ya no se recuperó.

Tras un empeoramiento a comienzos del mes, Goya muere a las dos de la madrugada del 16 de abril de 1828.

Al día siguiente se le entierra en el cementerio bordelés de La Chartreuse, en el mausoleo propiedad de la familia Muguiro de Iribarren.

En 1869 se efectúan desde España distintas gestiones para trasladarle a Zaragoza o a Madrid, lo que no era posible legalmente hasta pasados cincuenta años. Finalmente, en 1919, sus restos terminarán descansando en la ermita de San Antonio de la Florida (Madrid), al pie de la cúpula que el aragonés pintara un siglo atrás.

Retrato no por encargo sino por amor

En 1827, enfermo y desencantado, Francisco de Goya y Lucientes rompió su exilio voluntario en Burdeos para realizar su último viaje a Madrid. A la edad de 80 años quería ultimar los detalles de su jubilación a los que no opuso resistencia el rey Fernando VII, pese a la animadversión que el pintor sentía por el monarca.

Allí comenzaría Goya la que sería una de sus últimas obras y, en todo caso, el último de los retratos que el artista aragonés realizó de su único nieto, Mariano Goya Goicoechea.

Goya terminó su cuadro meses antes de morir en la Quinta del Sordo, en 1828. Su nieto, que vendería la vivienda en la que el pintor realizó la mayor parte de su serie de Pinturas Negras, estaba presente.

Se trata del tercer retrato que el pintor aragonés hizo de su nieto. Goya sentía verdadera pasión por Mariano, del que siempre estuvo muy pendiente y al que le unía una estrecha relación.

El autor realizó el cuadro por amor a su nieto y no por encargo, como muchos de los retratos que el artista pintó a lo largo de su carrera y ese afecto se manifiesta no sólo en la espontaneidad de los trazadas.

Este cuadro, además, alberga una particularidad, una huella dactilar de Goya (se encuentra en la corbata. Allí había un alfiler pintado en rojo, que el artistas decidió eliminar, pero en lugar de hacerlo con la espátula lo hizo directamente con el pulgar). Pero no sólo eso, además, Goya realizó una inscripción de su puño y letra en la parte posterior del lienzo.

El nieto de Goya, Mariano (1806-1978), se dedicó a negocios de minas, y, en especial, a la venta de obras de su abuelo, una actividad que le reportó grandes beneficios ayudándole a amasar un patrimonio considerable.

A diferencia de los dos primeros cuadros de su nieto, el primero, casi un niño –aparece con rizos rubios y sujetando la cuerda para tirar de un coche de juguete- en plena guerra de la Independencia, y el segundo con 10 años –de perfil y con chistera-, el último retrato muestra a un Mariano adulto, de 21 años, y serio, con una cicatriz en la mejilla izquierda (fruto de un enfrentamiento con sus vecinos).

Aunque el joven parece desafiante, con la mirada clavada en el espectador, en general, la obra, transmite la ternura que Goya siempre sintió por su nieto y que se también se desprende en el resto de los retratos que le realizó.

Pero más allá de la perspectiva familiar, este cuadro de Goya ejemplifica la evolución en el estilo del pintor. Este retrato supone un puente entre la tradición y la modernidad.

La pintura de Mariano, según los expertos, anticipa muchas de las características del impresionismo, una técnica natural, brochazos poco precisos y transmisión de la psicología del personaje.

El cuadro fue propiedad de un coleccionista privado y ha estado 40 años fuera del disfrute del público (desde de que se pintó, hace 185 años, sólo se ha podido ver en dos ocasiones, en los 70 y a principios de 2013 cuando se subastó). Desde ese momento, se puede disfrutar de él en el Museo Meadows de Dallas, que fue quién lo adquirió.



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