LIVIA DRUSILA: LA PRIMERA EMPERATRIZ DEL IMPERIO ROMANO

La bella Livia fue la tercera esposa del Emperador Augusto, la cual jugó un papel destacado en el corte romana y en que la sucesión recayera en su hijo Tiberio.

Gozó de popularidad entre su pueblo y fue deizada por su nieto Neron, pero también se la acusó de facilidad para utilizar venenos con quienes se interponían a sus intereses.


Un divorcio express

Uno de los militares más sobresalientes de la época del llamado Segundo Triunvirato (dictadura militar tricéfala tras la muerte de Julio Cesar con Marco Antonio, Octaviano y Lépido que gobernaban Roma y sus provincias) fue Tiberio Claudio Nerón, quien estaba casado desde el año 42 a.d.C. con su prima Livia Drusila (59/58 a.d.C.-29 d.d.C.), con quien ya había tenido un hijo, Tiberio.

Estando embarazada por segunda vez, hijo al que llamarían Druso, Octaviano se encapricho de ella y quiso casarse de inmediato (él estaba casado en ese momento con Escribonia, muchos años mayor que él y de carácter difícil. Con ella tuvo a su única hija, Julia).

La leyenda cuenta que Octaviano se enamoró fulminantemente de ella, pues pasaba por ser una de las mujeres más bellas de su tiempo, y que se casaron un día después de conseguir sus respectivos divorcios (que el colegio de pontífices otorgó rápidamente). Se dice también que aparentemente, Tiberio Claudio Nerón estuvo de acuerdo en ello y que incluso fue a la boda (al parecer la explicación vendría dada por la supervivencia política de Tiberio Claudio Nerón y su familia, los Claudios, ante el poder de Octaviano). Algún historiador cuenta, además, que este matrimonio se celebró (38 a.d.C.) "con una prisa sospechosa”, aludiendo a que Octaviano sería el causante del segundo embarazo de Livia.


Pero que por una vez en su vida, parece que Augusto en este su tercer matrimonio, se dejó llevar por sus sentimientos, y acertó. La unión con Livia duró hasta el día de su muerte, cincuenta y dos años despues. Tampoco políticamente salió Augusto perdiendo, ya que siendo  Livia Drusila su esposa se aseguraba el apoyo de la influyente familia de los Claudios, de la que ella descendía por línea directa.

Desde ese momento, Livia ocupará un importante papel en la corte romana. A pesar de que nunca tuvieron hijos, ella siempre disfrutó del privilegio de ser la consejera de confianza de su esposo.

Livia, buena esposa, emperatriz y consejera

Después del suicidio de Marco Antonio tras la batalla de Accio (31 a.d.C.), Octaviano no encontró más oposición a sus anhelos de gobernar en solitario. Finalmente, fue nombrado emperador de Roma con el título de Caesar Augustus. Sería pues, el primer Emperador del Imperio Romano (27 a.d.C. a 14 d.d.C.).

Augusto y Livia fueron un modelo de pareja romana de la alta sociedad. A pesar de su riqueza y de su poder, Augusto y su familia siguieron viviendo modestamente en su casa del Palatino.

Livia se convirtió también en ejemplo de matrona romana: nunca llevó excesiva joyería ni vestidos pretenciosos y dicen que se ocupó de las labores domésticas y de tejer y coser la ropa de su marido. Gracias a esta imagen que transmitía conscientemente, durante sus años como Emperatriz, Livia gozó de popularidad entre su pueblo.

Eso si, todo ello no le impedía intervenir activamente en política, siendo considerada la mano derecha del emperador Augusto, ni mirar por sus propios intereses y por los de sus hijos. Augusto permitió a Livia administrar sus propias finanzas y ella se cuidó de tener su propio círculo de influencias, colocando a muchos de sus protegidos en puestos oficiales. Livia, junto con Agripa y Mecenas (íntimos colaboradores de Augusto), fueron durante medio siglo el trío más poderoso del Imperio, urdiendo sus tramas a la sombra de Augusto.

La cuestión sucesoria

Pero su idealizada imagen, algunos historiadores la muestran como un personaje malvado, frío y calculador que recurre a todo tipo de estratagemas para alcanzar sus objetivos que se resumen en conseguir que su hijo Tiberio suceda a Augusto como emperador. También esa imagen se vio ensombrecida por las dudas y las sospechas.

La historia ha dejado en el aire sospechas graves de su intervención en la muerte de todos aquellos candidatos nombrados por su marido para sucederle (Marcelo, sobrino de Augusto, todos los hijos de Julia, muertos prematuramente, e incluso los dos nietos de esta, Lucio y Cayo) incluida la de su hijastra Julia y la del propio Augusto.

Tras el fallecimiento de su joven hijo Druso a consecuencia de la caída de un caballo, muerte por la que Augusto se sintió muy afectado, parece que Livia hechó el resto para conseguir que su otro hijo, Tiberio, se hiciera con la sucesión al poder.

Al fin tuvo la satisfacción, en el año 4 d. C., tras la desaparición de los dos nietos mayores de su marido, de ver a su hijo Tiberio designado sucesor. Ya no quedaban miembros de la familia imperial. 

Sin embargo, parece que a pesar de todos los anhelos y los esfuerzos de Livia por conseguir que Tiberio fuera el sucesor de Augusto, no tuvieron el agradecimiento debido por parte de su hijo. Cuando Livia murió, Tiberio recibió la noticia con frialdad, y no sólo no asistió a sus funerales, sino que parece que prohibió que se le rindieran los honores correspondientes. Parece que Tiberio guardaba algún tipo de rencor a su madre por haberle separado de la mujer que amaba (no se sabe si ella fue la que intervino en ello activamente o adoptó una actitud pasiva frente a la decisión de Augusto) por razones dinásticas.

Una vida muy longeva

Después de ser nombrado su hijo Tiberio sucesor, le quedaban aún veinticinco años de vida hasta morir octogenaria, catorce de ellos como viuda de Augusto y madre del emperador reinante. Livia siguió conservando, sin embargo, su rango de emperatriz en su retiro de la vida oficial.

Fue abuela de Germánico y Claudio, bisabuela de Calígula y Agripina la Menor y tatarabuela de Nerón. Sobrevivió a su segundo hijo Nerón Claudio Druso y a sus nietos, Germánico hijo de Druso el Mayor y a su primo Druso el Menor hijo de Tiberio.

Cuando su nieto Claudio fue emperador rehabilitará la memoria de su abuela, algo escarnecida por Calígula que la llamaba "Ulixem stolatum" (Ulises con estola de romana). La deificó y recibió el título de “Divina Augusta” después de que Tiberio se negase a hacerlo ejecutando la voluntad que dejo dicha Augusto en su testamento.

Su divinización suponía un refuerzo al simbolismo de la familia imperial romana, haciéndola modelo virtuosa de matrona y al mismo tiempo, junto con la divinización de su marido, implicaba dar también carácter divino a sus descendientes de la dinastía Julia-Claudia.


También tuvo su propio templo dedicado y estatuas en su honor, donde se puede apreciar su fría belleza de labios apretados, nariz aquilina y grandes ojos.

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