¿EL GRAN CAPITÁN FUE VÍCTIMA DE LA VENGANZA DE FERNANDO EL CATÓLICO?

Entre los militares más prestigiosos del reinado de los Reyes Católicos destaca Gonzalo Fernández de Córdoba, conocido como el Gran Capitán.

El Gran Capitán fue un genio militar que por primera vez manejó combinadamente la infantería, la caballería, y laartillería aprovechándose del apoyo naval. Además, revolucionó la técnica militar mediante la reorganización de la infantería en coronelías (los futuros tercios).

El Gran Capitán
Las guerras de Granada

Fiel a la causa isabelina, inició la carrera militar en la Guerra de Sucesión Castellana. En la batalla de Albuera, en 1479, contra los portugueses ya aparece su nombre

Pero fue en la larga Guerra de Granada, donde sobresalió como soldado y donde demostró dotes de mando, así como ingenio práctico. se hizo cargo de las últimas negociaciones con el monarca nazarí Boabdil para la rendición de la ciudad a principios de 1492. En recompensa por sus destacados servicios, recibió una encomienda de la Orden de Santiago, el señorío de Órgiva, provincia de Granada, y determinadas rentas sobre la producción de la seda granadina, lo cual contribuyó a engrandecer su fortuna.

Después vinieron las expediciones a Italia del Gran Capitán entre 1494 y 1498 gracias a cuyas hazañas Aragón recuperó totalmente el reino de Nápoles. Terminada la guerra, Fernández de Córdoba gobernó como virrey en Nápoles durante cuatro años, con toda la autoridad de un soberano. 

La muerte de su valedora

En 1504, Fernando el Católico logró uno de los objetivos que había acariciado durante más tiempo. Por fin, tras décadas de intentos, el reino de Nápoles había pasado a poder español. Las tropas y el dinero de Castilla consiguieron expulsar a los franceses de aquella antigua posesión aragonesa y derrocar a la dinastía local gracias a una serie de sensacionales victorias del Gran Capitán.

Sin embargo, ese año fue también el de la muerte de su esposa, Isabel la Católica, la reina de Castilla. El fallecimiento lo dejó en una posición política muy débil, ya que sus derechos al trono castellano dependían únicamente de su condición de rey consorte. La heredera legítima era su hija, Juana, casada con el archiduque Felipe de Habsburgo, quien no iba a permitir las injerencias de Fernando en el trono de Castilla.

El Gran Capitán
La muerte de la reina Isabel, además, reabrió viejas heridas mal cerradas en el tejido social castellano. La gran nobleza, que odiaba con saña al «viejo aragonés», como lo llamaban, no desaprovechó la coyuntura y se pasó en bloque a apoyar a Felipe.

Finalmente, Fernando se vio obligado a entregar todo su poder de Castilla a su yerno y retirarse a Aragón, sus tierras patrimoniales.

Al rey de Aragón todo parecía ponérsele en contra. Pero buscó una salida  y la encontró gracias a una jugada maestra de la diplomacia. Fernando se alió con su más acérrimo enemigo, Luis XII de Francia, y se casó con la sobrina de éste, Germana de Foix, de apenas 17 años. El enlace entrañaba una colaboración política entre los dos monarcas, lo que suponía una amenaza directa para Felipe el Hermoso. También conllevaba la posibilidad de que la Corona de Aragón quedara separada de la de Castilla si la nueva pareja tenía descendencia masculina. Sólo el azar biológico evitó este desenlace, ya que el matrimonio tuvo un hijo que murió nada más nacer.

 Pero dos años más tarde la suerte le iba a sonreír aún más. Su yerno fallecía de repente. Tan rápido se desarrolló todo, que más de uno habló de que alguien lo había envenenado, cosa nada rara en la época, aunque más bien parece que el impetuoso príncipe flamenco fue víctima de una epidemia de peste que asolaba la Península. Comoquiera que fuese, la desaparición de Felipe permitía a Fernando volver a ocupar el poder en Castilla, esta vez como regente, actuando en nombre de su hija Juana y de su nieto, el futuro emperador Carlos V, por entonces un niño de seis años.

Regresó con mayor fuerza que nunca, dueño absoluto del reino de Nápoles y decidido a vengarse de quienes lo habían traicionado cuando falleció Isabel y se habían pasado al bando de Felipe el Hermoso. Para ello el Rey Católico no dudó en valerse de la Inquisición. Sin embargo, el monarca no pudo llevar a cabo la venganza total contra la alta nobleza por el enorme potencial militar de tan poderoso grupo.

Gonzalo Fernández de Córdoba
Por otro lado, la conquista de Nápoles, dirigida por Fernández de Córdoba, se había realizado sobre todo con dinero y tropas también castellanas, pero ahora,  Fernando prefería integrar el reino italiano a su corona, y justamente por ello temía que se le pudiesen discutir sus derechos. Además, estaba la incómoda figura del Gran Capitán, nombrado virrey, de quien algunos decían que estaba dilapidando el patrimonio regio napolitano repartiendo toda suerte de mercedes a sus subordinados e incluso se rumoreaba que el aclamado general tramaba dar un golpe de mano para convertirse él mismo en rey de Nápoles.

De este modo, Fernando decidió ir a Nápoles y cortar por lo sano. El Parlamento del reino lo reconoció como rey, lo que significaba que automáticamente el Gran Capitán cesaba en sus funciones de virrey. Para compensarlo, el Rey Católico le concedió un nuevo título, el de duque de Sessa, así como el cargo de maestre de la Orden de Santiago. El veterano general, que ya contaba con 56 años, se vio obligado a abandonar Italia, el país que había conquistado para un rey que ahora se deshacía de él sin contemplaciones.

Fernando el Católico
Las cuentas al Gran Capitán

Cuenta la leyenda que cuando el rey pidió al Gran Capitán que justificara los gastos realizados como virrey de Nápoles, este, sintiéndose ofendido y haciendo gala de su característica sorna, le mostró una lista con las cantidades desorbitadas que había gastado... en beneficio únicamente del rey: “Por picos, palas y azadones, cien millones de ducados; por limosnas para que frailes y monjas rezasen por los españoles, ciento cincuenta mil ducados; por guantes perfumados para que los soldados no oliesen el hedor de la batalla, doscientos millones de ducados; por reponer las campanas averiadas a causa del continuo repicar a victoria, ciento setenta mil ducados; y, finalmente, por la paciencia de tener que descender a estas pequeñeces del rey a quien he regalado un reino, cien millones de ducados”.

Aunque de la veracidad de la historia no hay pruebas fehacientes y aunque no está demostrado que el rey le pidiese cuentas, si que es cierto que el Gran Capitán, para justificar que lo que se decía de él no era cierto, presentó unas cuentas (que se conservan en el Archivo General de Simancas, con tal detalle, que han quedado como ejemplo de meticulosidad en la lengua popular.


Gonzalo Fernández de Córdoba, finalmente, se retiró a Loja (Granada), pese a haber querido continuar su vida en Nápoles, donde murió en 1515.

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