¿Y SI FELIPE II Y MARIA I DE INGLATERRA HUBIERAN TENIDO UN HIJO?

La vida de María Tudor no fue fácil. Le atormentó el repudio de su madre, sufrió la condición de bastarda y vejaciones en la corte de su hermana durante algún tiempo, se casó enamorada de un hombre que no la quería, no pudo concebir ningún hijo, y además, se ganó la fama de sanguinaria por parte de buena parte de su pueblo.

A pesar de que su padre, Enrique VIII, la prometió en matrimonio a media Europa, María no pudo casarse hasta haber cumplido los 38 años con su sobrino Felipe II de España. Cuatro años después murió.
   
María I de Inglaterra
 Una infancia feliz, una adolescencia triste

María Tudor (1516-1558) fue la única hija que sobrevivió del matrimonio de Enrique VIII de Inglaterra y Catalina de Aragón (hija de los Reyes Católicos), quien había sufrido varios abortos además de dar a luz a una niñas muerta y tres niños que vivieron poco tiempo.

Se dice que a pesar de sus problemas de salud,  tuvo una infancia feliz, y que su educación,  fue una niña precoz, fue cuidadosa y esmerada en gran parte debido a su madre, quien contó para ello con el erudito Juan Luis Vives.  Aprendiendo ciencias, latín, francés, griego, castellano e italiano. Así mismo, aprenderá solfeo y canto (con tan sólo cinco años tocaba el virginal).

Enrique VIII la adoraba y alardeaba frente a sus amistades de su buen comportamiento. A la edad de nueve años, su padre le donó su propia corte en el Castillo de Ludlow, así como varias prerrogativas reales, solo concedidas al Príncipe de Gales, llamándola incluso Princesa de Gales.

El enlace de Enrique VIII con ana Bolena (decepcionado por la falta de hijos varones con Catalina) provocaba la declaración de María como hija bastarda, quitándole el título de princesa de Gales y viendo como su madre era encerrada en el castillo de Kimbolton. Es de suponer que todos estos trances provocaron una gran tristeza en la joven María, conocida desde ahora como lady Tudor. 

Como consecuencia de ello, Catalina de Aragón perdió su título de reina pero mantuvo el de Princesa viuda de Gales, título que llevaría como viuda del príncipe Arturo. María fue declarada ilegítima, pasó a recibir el trato de Lady María y se la apartó de la línea de sucesión, ocupando su puesto su medio hermana, la hija de Ana Bolena, la futura Isabel I. María fue expulsada de la Corte, así como sus sirvientes de sus trabajos y fue obligada a servir como dama de compañía de Isabel I. No se le permitió ver a su madre ni asistir a su funeral en 1536.

María Tudor
 Cuando Ana Bolena fue decapitada, Isabel perdió su tratamiento de princesa, pasó a ser tratada como Lady Isabel y fue eliminada de la línea de sucesión.

La separación de sus padres le causó un gran pesar, que se tradujo en jaquecas, palpitaciones y una depresión que sufriría el resto de su vida. Ante el dilema de secundar el protestantismo de su padre o inclinarse por la fe católica de su madre, decidió mantenerse fiel a su madre. 

 La prometida de media Europa

Pronto se pensó en casarla. Encontrar un buen marido a María se convirtió en una cuestión de estado cuya resolución fue variando a medida que cambiaba el panorama internacional.

Durante su infancia, su padre negoció posibles matrimonios para ella. Con tan sólo dos años fue prometida al hijo de Francisco I de Francia, pero tres años después se canceló el trato. En 1522 se acordó que se casaría con su primo, el emperador Carlos V, que por entonces contaba con 22 años. Sin embargo, el compromiso también se rompió años después (este se casaba en 1526 con Isabel de Portugal). Fue entonces cuando se sugirió la boda con el  propio Francisco I, quien deseaba una alianza con Inglaterra. Un tratado de matrimonio se firmó en el que se estipulaba que María se casaría con Francisco I o su segundo hijo Enrique, duque de Orléans. Sin embargo, el cardenal Thomas Wolsey, consejero jefe de Enrique VIII, consiguió asegurar la alianza sin el matrimonio.
  
La ambición de Enrique VIII le llevaba a pensar que un hipotético hijo de María y Carlos se convertiría en el dueño absoluto de más de media Europa y en el entretanto, su poderoso sobrino gobernaría el país como uno más de su amplio territorio. Si a esto le unimos que una de las cláusulas que rebajaban la dote de la princesa era la posibilidad de que ésta heredara Inglaterra[10], podríamos deducir que en este momentos el no tener un hijo varón no preocupaba en demasía a Enrique VIII.

María Tudor
Entretanto, y antes de que se rompiera oficialmente el compromiso con Carlos V, en 1524 se habían iniciado las conversaciones con los escoceses. Jacobo era desde 1513 el rey de Escocia, aunque dada su minoría de edad no se hizo cargo del gobierno hasta 1528. Era hijo de Jacobo IV y Margarita Tudor, hermana mayor de Enrique VIII, y por tanto, primo carnal de María. El matrimonio habría supuesto la unión de Inglaterra y Escocia, tradicionalmente enfrentadas, bajo una única corona y además habría acabado con la alianza entre Escocia y Francia en un momento en que Enrique VIII preparaba una invasión del país galo. Sin embargo, el duque de Albany, segundo esposo de Margarita Tudor y regente de Escocia, prefería casar a Jacobo con una princesa francesa que reforzara su alianza, por lo que se truncaron las negociaciones.

En 1526, se plantea la posibilidad de que María se case con el duque de Orleáns, segundo hijo de Francisco I y tres años menor que ella, pero entonces Enrique VIII, habida cuenta de que Francisco I había enviudado hacía dos años, piensa en ofrecerle a su hija en matrimonio. La diferencia de edad era de 22 años.  Finalmente, se abandonará esta idea considerándose más sensata la opción del duque de Orleáns. El 18 de agosto de 1527 se firma el contrato matrimonial con el beneplácito de ambos padre.

Sin embargo, éste nunca se llevará a cabo: ese mismo año habían empezado los movimientos de Enrique VIII para anular su matrimonio con Catalina de Aragón, por lo que la sombra de la ilegitimidad flotaba sobre su hija María.

Las posibilidades de casar a María incluyeron a siete hombres más: Francisco Sforza, el hijo del duque de Cleves, el príncipe de Transilvania, el duque de Angulema (tercer hijo de Francisco I), Luis de Portugal, Felipe de Baviera y Maximiliano II de Habsburgo.
Sin embargo, ningún compromiso llegó a buen término.

Ante semejante panorama, María empezaba a sospechar que su padre nunca encontraría el pretendiente adecuado para ella habida cuenta de sus temores que se veían agravados por la difícil situación en que se encontraba su hija, entre la legitimidad y la bastardía, que efectivamente podían ser aprovechados por cualquiera para, reivindicando los derechos de ésta, derrocarle.

Felipe II
Una boda para una reina

Los acontecimientos iban a dar un nuevo vuelco para María. En 1553, Eduardo VI, el hijo varón de Enrique VIII, murió, pasando María a ocupar el con el deseo de ser fiel a la religión de su madre; un gesto de esperanza para los católicos ingleses.

Pero María necesitaba un heredero y su elección para marido recayó en el entonces todavía príncipe Felipe, hijo de Carlos V, que además era católico y le ayudaría en la restauración de su fé. Tras muchas dificultades, aunque María nunca cejó en el empeño, finalmente el Parlamento (que pedía a la reina que más bien se casara con un inglés ante el temor de que el país se viera relegado a depender de España), aprobó la boda en abril de 1554. Ella tenía 38 años y él 27.

María se sintió cautivada por la belleza del joven príncipe español cuando contempló el retrato que le hizo Tiziano en esta época. Aunque Felipe accedió a sus pretensiones de matrimonio, sin duda, sus razones fueron con fines políticos, ya que nunca experimentó ningún deseo carnal por ella.

A los tres meses María empieza a sospechar que está embarazada, viendo como su vientre aumentaba de volumen, lenta pero progresivamente. El parto se espera para abril del año 1555, llegándose incluso a repartir las invitaciones para el bautizo. Pero el alumbramiento no llegaba y el tiempo se dilataba por lo que los médicos atribuyeron la inflamación del vientre real a una hidropesía (retención de líquidos).

Felipe partió para Flandes el 29 de agosto de 1555 con el fin de acudir a la ceremonia de abdicación de su padre (durante los cuatro años que duró su matrimonio Felipe viajó fuera de Inglaterra constantemente). Tras dos años de estancia en Flandes y ansiando su regreso, María recibía a su esposo de nuevo en Londres en marzo de 1557, ahora como rey de España y las Indias, de Nápoles y Sicilia, señor de Flandes y duque de Milán. La estancia inglesa del rey de España será breve pero María vuelve a manifestar síntomas de embarazo. Desde Madrid Felipe da instrucciones al conde de Feria para que averigüe la veracidad de las noticias referentes al embarazo. El conde escribe a su rey para comunicarle que los síntomas son igual de falsos que la vez anterior. 

Sobre los dos falsos embarazos que sufrió María se ha especulado que podría deberse a la presión por engendrar un heredero, aunque los síntomas físicos, entre los que se incluía lactancia y luego la pérdida de visión, hacen sospechar que se trataba de algún desorden hormonal, tal como un tumor de la glándula pituitaria.

Igualmente, durante su breve reinado dejaría un amargo recuerdo. Tras la pérdida de Calais, tomada por los franceses en enero de 1558, María emprendió una feroz represión contra todos aquellos contrarios a la reinstauración del catolicismo, condenando a la hoguera a 273 personas. La historiografía protestante posterior decidió apodar a la reina como Bloody Mary, «María la sanguinaria».

La vida de María Tudor, pues, no fue especialmente plácida. Por eso, para ser justos, a su fama de sanguinaria habría que añadir el dolor por el repudio de su madre, su condición de bastarda durante algún tiempo, las vejaciones a las que fue sometida cuando vivía en la corte de su hermana, su incapacidad para  concebir un hijo deseado, el hecho de haberse casado con un hombre que no la quería y el rechazo que sufrió por buena parte de su pueblo, aunque si es verdad que gozó de popularidad por parte de la población católica

Felipe II y Maria I
Las cláusulas matrimoniales

María I decretó en su testamento que su marido debería adquirir la regencia en caso de que su descendencia no hubiera cumplido la mayoría de edad.

Finalmente, María muere el 17 de noviembre de 1558, posiblemente víctima de una peritonitis tuberculosa. A pesar de que su testamento recogía también su voluntad de ser enterrada junto a su madre, finalmente fue sepultada en la Abadía de Westminster, que más tarde compartiría con Isabel I. Su marido, el ya rey Felipe II, no estuvo en su lecho de muerte cuando falleció, se encontraba en los Países Bajos
Pero María no tuvo descendencia. Así, su muerte dejaba abierto el camino para el ascenso al trono de su medio hermana, e hija de Ana Bolena, que reinará como Isabel I.
En el contrato de matrimonio de María y Felipe se especificaba claramente que Inglaterra no se vería envuelta en guerras de España, pero esta condición no se cumplió ya que Felipe II pasó la mayor parte del tiempo gobernando sus territorios en Europa continental mientras su esposa permanecía en Inglaterra.

Pero hubo más cláusulas matrimoniales, y muy estrictas,  para garantizar la total independencia del Reino de Inglaterra. Felipe tenía que respetar las leyes y los derechos y privilegios del pueblo inglés. España no podía pedir a Inglaterra ayuda bélica o económica. Además, se pedía expresamente que se intentara mantener la paz con Francia.

Si el matrimonio tenía un hijo, se convertiría en heredero de Inglaterra, los Países Bajos y Borgoña. Si María moría siendo el heredero menor de edad, la educación correría a cargo de los ingleses. Si Felipe moría, María recibiría una pensión de 60 000 libras al año, pero si ella era la primera en morir, Felipe debía abandonar Inglaterra renunciando a todos sus derechos sobre el trono.

Felipe, como no pudo ser de otro modo, actuó conforme a lo estipulado en el contrato matrimonial, encontrándose con una fuerte resistencia por parte de los cortesanos y los parlamentarios ingleses y súbditos (incluso Felipe sufrió un intento de asesinato en marzo de 1555 en wenstminster). Sin embargo, ejerció una notoria influencia en el gobierno del reino, sobre todo, actuando de forma vital para la reintegración de Inglaterra en la Iglesia católica. 

Sin embargo, quién sabe lo que hubiese sucedido con un heredero común de los dos monarcas.





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