UNA ESCRITORA LLAMADA TERESA DE JESÚS

A Teresa de Jesús se la venera mucho y se la lee poco a pesar de que contribuyó a alumbrar el Siglo de Oro.

Hizo varias revoluciones a un tiempo: la de su congregación y la de las letras, además de ser feminista a su modo sobreponiéndose al machismos de su tiempo.

Teresa de Jesús por fray Juan de la Miseria
Aficionada a los libros de caballerías

Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada (1515-1582), más conocida como Teresa de Jesús o Teresa de Ávila, no sólo fue una religiosa mística y fundadora de numerosos conventos de carmelitas descalzas, sino también escritora y poeta.

Su padre, don Alonso Sánchez de Cepeda, era hijo de un judío converso toledano, se había casado en segundas nupcias con la noble castellana doña Beatriz de Ahumada, y había aportado al matrimonio tres hijos de su enlace anterior a los que se sumaron ocho, entre ellos Teresa. «Éramos tres hermanas y nueve hermanos», contó la propia santa, que según ella misma admitía era la favorita de su padre. Era la suya una familia cristiana que tenía muchos libros en casa, incluso de caballerías, pero, según se dice, no la Biblia.

La propia Teresa relata en los escritos destinados a su confesor y reunidos en el libro Vida de Santa Teresa de Jesús, que desde sus primeros años mostró una imaginación vehemente y apasionada debido en gran parte a que leía con avidez (gusto que compartía con su madre), con seis o siete años de edad, esos libros romanceros de su padre, por eso, tiempo después, le apenaría tanto que algunos de esos libros que ella leyera en su infancia fueran prohibidos por la Inquisición: “Cuando se quitaron muchos libros de romance que no se leyesen, yo sentí mucho, porque algunos me daba recreación leerlos”.

Ya desde niña tuvo un carácter enérgico y una fuerte voluntad. Cuentan que a los 7 años convenció a su hermano Rodrigo para que se fugase con ella a tierra de moros, buscando el martirio. Su siguiente fuga no se quedaría en intento. En 1535, ante la negativa de su padre para concederle el permiso paterno para ingresar en el convento de las carmelitas de la Encarnación, se iría de casa para tomar los hábitos y hacer los votos. No sin pena, como ella misma relató. Teresa tenía 20 años.

Teresa de Jesus por Alonso Cano
En el convento de la Encarnación vivió feliz 27 años, pero los años siguientes serían los más oscuros para la santa, que abandonó la oración en 1542 y un año después salió del convento para cuidar a su padre. Éste moriría en aquella Navidad y a su regreso, Teresa pasaría diez años más entre estados de desesperanza y periodos de oración hasta que en 1554, cuando rondaba los 40 años, tuvo lugar su conversión definitiva ante un Cristo llagado. Ese día nace Teresa de Jesús y comienza la segunda etapa de su vida. La de su fecundidad espiritual, mística y literaria. La etapa de fundadora.

De entonces son sus primeras visiones y sus temores de estar siendo engañada «por el demonio». Su encuentro en 1560 con el santo franciscano Pedro de Alcántara resultó providencial para alcanzar la paz. Poco antes había tenido oportunidad de conocer a Francisco de Borja, que también sería santo, y años después mantendría una estrecha relación con San Juan de la Cruz.

Una mujer osada, transgresora y feminista

Los estudiosos de Teresa de Ávila coinciden en que su verdadero perfil ha estado muy emborronado durante años. Ella fue reformadora contra viento y marea, mística, escritora, poeta, atrevida y valiente.

Aún hoy sorprende que la Inquisición no la encarcelase, como hizo con tantos otros genios de la época como fray Luís de León, finalmente el primer editor de las obras completas de Teresa. Pero la vigiló con saña como reformadora y como escritora. Demasiadas osadías que se añadían a unas cuantas impurezas (padre mercader y abuelo judío). En su época debió bregar contra sus superiores para reformar la orden y contra la Inquisición para publicar su obra. “El Libro de la vida estuvo 12 años sin la autorización de la Inquisición”. Pero siguió adelante con su escritura con coraje y energía”, Al final ella es la que los vence a todos. Teresa de Jesús acabaría siendo la primera mujer nombrada Doctora de la Iglesia (junto a Santa Catalina de Siena) en 1970 bajo el pontificado de Pablo VI.

Teresa de Jesús niña, por García de Miranda
La vida de Teresa de Jesús tiene muchas lecturas, pero lo cierto es que transgrede sin temor las leyes que su tiempo le imponen por su condición de mujer. Incumple la prohibición, impuesta a las mujeres, de leer las Sagradas Escrituras. Desoye la obligación, impuesta a las mujeres, de leer en voz alta y defiende la oración interior. Y accede, a través de Francisco de Osuna, de la teología mística oriental.

El 24 de agosto de 1562 el Papa Pío IV le concedió su traslado con cuatro monjas al pequeño convento de San José de Ávila. La reforma del Carmelo se ponía en marcha. Apoyada por el general de la Orden del Carmen, recorrió todos los caminos de España fundando conventos. Fueron 16 en apenas 20 años: Ávila, Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana, Salamanca, Alba de Tormes, Segovia, Beas de Segura, Sevilla, Caravaca, Villanueva de la Jara, Palencia, Soria, Granada y Burgos. No pudo, sin embargo, cumplir su deseo de fundar un convento en Madrid.

También fue Teresa de Jesús feminista a su manera, sobreponiéndose con coraje a los machismos de su tiempo de los que se quejaba diciendo: “Basta ser mujer para caérseme las alas”. Llegó a firmar sólo con el apellido de su madre, Ahumada. Y aconsejaba a sus monjas que no se arrugasen (“Nada te turbe, / nada te espante”), y menos ante “esos negros devotos destruidores de las esposas de Cristo”.

Teresa de Jesús por Rubens
Teresa temía casarse (era “renunciar a una vida personal”, escribe), y tampoco quería meterse a monja. Se dice incluso “enemiguísima de ser monja”.

Tenía un elevado concepto de sí misma, se creía llamada a grandes empresas y rechazaba la mediocridad. También se sabía guapa. Con cincuenta años cumplidos, le confesará a un carmelita: “Sabed, padre, que en mi juventud me dirigían tres clases de cumplidos; decían que era inteligente, que era una santa y que era hermosa.; en cuanto a hermosa, a la vista está; en cuanto a discreta, nunca me tuve por boba, en cuanto a santa, solo Dios sabe”.

En septiembre de 1582, Teresa de Jesús llegó al monasterio de Alba de Tormes muy enferma. «En fin, muero hija de la Iglesia», dicen que fueron sus última palabras. Era el 4 de octubre, el día que entraba en vigor el calendario gregoriano, es decir, hoy el 15 de octubre.

La enterraron allí mismo, en el convento de Alba de Torres aunque antes de que se cumpliera el año se procedió a la primera exhumación del cuerpo, que se encontró incorrupto. El padre Jerónimo Gracián procedió al rito de amputarle una mano que llevó a las carmelitas de Ávila aunque sin el dedo meñique que se quedó para él.

Tres años después del fallecimiento la Orden de los Carmelitas Descalzos mandaron llevar el cuerpo a Ávila así que fue exhumado el 25 de noviembre de 1585 y se trasladó el cuerpo incorrupto aunque sin un brazo que se quedó en Alba de Tormes para compensar de la pérdida. La decisión provocó el rechazo de los Duques de Alba, que echaron mano de su poder para recuperar el cuerpo, y lo lograron puesto que Sixto V ordenó el traslado de nuevo a Alba de Tormes. En total pues, se le oficiaron tres entierros oficiales.

Teresa de Jesús por Velázquez
Su cuerpo aún incorrupto se encuentra hoy en una capilla de la Iglesia de la Anunciación de Nuestra Señora de Alba de Tormes, custodiado por nueve llaves aunque despojado de muchas partes de su anatomía. En Alba de Tormes se conservan sendos relicarios con el brazo izquierdo y el corazón de la santa, un pie y parte de la mandíbula se encuentra en Roma, la mano izquierda en Lisboa, un dedo en París, aunque la reliquia de la santa que ha tenido una existencia más agitada ha sido la primera mano que se le seccionó.

Las carmelitas de Ronda conservan la célebre mano incorrupta de Santa Teresa que tras la Guerra Civil fue a parar a manos de Francisco Franco y éste llevó consigo como un talismán hasta su muerte. En su dormitorio del Palacio del Pardo hizo construir un altarcito para venerar la reliquia.

Teresa pagó con persecuciones sus osadías, a cambio, su nombre corrió pronto de boca en boca por toda Europa, y sus libros fueron traducidos y muy leídos. Los más afamados escritores (Cervantes, Góngora, Quevedo, Lope de Vega...) y pintores la ensalzaron (la pinta en 1576, su único retrato en vida) el carmelita Juan De la Miseria a quien ella recrimina: “Dios te perdone, fray Juan, que ya que me pintaste, me has pintado fea y legañosa”; Velázquez y Rubens e, incluso, el mejor escultor del barroco italiano, Bernini, con la monumental ‘Transverberación de Santa Teresa’).

Su obra

Toda la obra de Teresa de Jesús es, en realidad, una autobiografía llena de anécdotas (y rapapolvos sutiles) que reflejan el aplomo y el carácter (y el buen humor) de la reformadora y escrita en lengua vulgar.

En los últimos 20 años de su vida escribió Santa Teresa el «Libro de la Vida», «Camino de perfección», «Meditaciones sobre los Cantares», «Moradas del castillo interior», «Exclamaciones», «Fundaciones», «Visita de Descalzas», las «Constituciones» para sus monjas, poesías y medio millar de cartas además de 66 «Cuentas de conciencia» para sus confesores.

Ella no podía predicar, pero sí dijo lo que pensaba a través de las cartas, en las que no sólo hablaba de su relación con Dios.

Dicen los expertos que escribía tan rápido como un notario ya que su caligrafía delata un trazo apresurado de alguien con muchos quehaceres y poco tiempo.

Su tarea fundadora va a contarla en libros que no publica en vida, por prudencia, por la censura y por miedo. Ella misma aconseja, a veces, que se destruyan, una vez leídos por los destinatarios. Pero los libros y las cartas, manuscritos con gracia, corren de mano en mano. Incluso, Felipe II, que la admiraba, puso a buen recaudo varios manuscritos en El Escorial.

Teresa de jesús por José de Ribera

Es una escritora autodidacta, que no sabía bien latín, capaz de impresionar a un catedrático de la Universidad de Salamanca como fray Luis de León, que la admiró tanto que editó sus obras en el siglo XVI y se embarcó en la misión de escribir su biografía, una tarea inconclusa por su muerte, o fascinar a un joven San Juan de la Cruz, al que convence para refundar la orden.

En todos sus libros hay páginas de sutil picardía, aunque con cuidado de que el inquisidor no se entere a quien agota su paciencia  o contra lo que veía mal.

Teresa de Jesús cultivó además la poesía lírico-religiosa. Llevada de su entusiasmo, se sujetó poco a la imitación de los libros sagrados, apareciendo, por tanto, más original. Sus versos son fáciles, de estilo ardiente y apasionado, como nacido del amor ideal en que se abrasaba Teresa, amor que era en ella fuente inagotable de mística poesía.

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