MARÍA PACHECO, LA ÚLTIMA COMUNERA DE CASTILLA

Tras la muerte de su marido, Juan de Padilla, María Pacheco asume su causa y el mando de la sublevación de las Comunidades de Castilla poniendo en jaque a las fuerzas del emperador Carlos V.

Debido a su heroico acto, se la empieza a considerar la primera heroína española de los movimientos en defensa de la libertad y contra el absolutismo.

María Pacheco
Un matrimonio marcado

María Pacheco (Granada 1497-Oporto 1531) se llamaba realmente María López de Mendoza y Pacheco y era de noble cuna castellana por ser hija de Íñigo de Mendoza y Quiñones (marqués de Mondejar y conde de Tendilla) y de Francisca Pacheco (hija de Juan Pacheco, marques de Villena).

María recibe una educación minuciosa, al igual que sus otros siete hermanos, en el ambiente renacentista de la pequeña corte de su padre, adquiriendo conocimientos de latín, griego, matemáticas, literatura e historia.

Con catorce años de edad se acuerdan sus esponsales con Juan de Padilla, algo que al parecer no fue del agrado de María, que se rebeló aunque asumió, al considerar al caballero de rango inferior a los Mondejar.

María Pacheco
Un año después, el 18 de agosto de 1511, se produce el matrimonio y en el año de 1516 nace el que al parecer es su único hijo (algún historiador habla de “hijos”), Pedro, que murió de niño.
Por la misma época que Padilla y su familia se trasladan a Toledo para ocupar el puesto de capitán de las gentes de armas que había ejercido su padre hasta su fallecimiento, muere el rey Fernando el Católico y su nieto Carlos I llega a España para asumir la corona.

Guerra de las Comunidades de Castilla

Carlos I llegó de Flandes en 1516 y, sin hablar apenas castellano, se autoproclamó rey de sus posesiones hispánicas. Al mismo tiempo, trae  consigo un gran número de nobles y clérigos flamencos como Corte, lo que produjo recelos entre las élites sociales castellanas, que sintieron que su advenimiento les acarrearía una pérdida de poder y estatus social. Este descontento fue transmitiéndose a las capas populares y la iglesia.

De esta forma, entre 1520 y 1522, se produce un levantamiento armado de los llamados comuneros que se conocerá como Guerra de las Comunidades de Castilla contra las tropas del nuevo monarca.

María recibiendo la noticia de la muerte de su marido, por Vicente Borrás
Los historiadores todavía debaten si este movimiento fue  una revuelta antiseñorial, una de las primeras revoluciones burguesas de la Era Moderna o una postura desafiante y antifiscal de las élites medievales para conservar sus cargos y prevendas que el rey les arrebataba para dárselas a los suyos.

Valladolid y Toledo fueron las ciudades donde mayor protagonismo cobró el levantamiento en torno a tres líderes: Padilla, Bravo y Maldonado.

Lo cierto es que a pesar de alguna victoria inflingida a los “realistas”, las disensiones en el ejército comunero (los comuneros se iban haciendo cada vez mas antiaristocráticos en sus manifestaciones y actos, transformándose en una revolución social que asustó a los nobles que casi en bloque pasaron al bando imperial) y la negativa de la reina Juana a respaldarlos para no ir en contra de los derechos de su hijo a la corona de Castilla, aún sabiendo que la legitimaban a ella, provoca el debilitamiento de los sublevados que caen derrotados en la decisiva batalla de Villalar el 23 de abril de 1521.

Escultura de Padilla en Toledo (2015)
Tras la batalla, Padilla fue hecho prisionero junto a Juan Bravo y Francisco Maldonado siendo decapitados al día siguiente como cabecillas de la revuelta y sus cabezas exhibidas como escarmiento.

María Pacheco no se rinde

Con la muerte de los tres principales cabecillas de la revuelta, y la rendición del resto de dirigentes, se creyó que el conflicto había llegado a su fin. Sin embargo, la dolida viuda de Padilla, María Pacheco, decidió no capitular, plantar cara al rey y seguir enarbolando la bandera comunera en Toledo (incluso el obispo de Acuña, máxima autoridad eclesiástica de la ciudad, huye ) donde resistió como cabecilla con el apoyo incondicional de casi toda la población y de algunos líderes rebeldes supervivientes 

Está dispuesta a negociar la rendición, pero sólo a cambio de salvaguardar la dignidad y los derechos de los vencidos. Pero los ánimos estaban caldeados y la “chispa” volvió a encenderse enseguida cuando se vio que el rey seguía favoreciendo a los suyos.

La resistencia a las tropas realistas se va a prolongar durante nueve meses (si bien es verdad que el ejército real tuvo que acudir a Navarra para neutralizar a las tropas navarras que pretendían recuperar el Reino). María Pacheco manda poner defensores en las puertas de Toledo, traer artillería desde Yepes y nombra capitanes de las tropas comuneras toledanas.

El 1 de septiembre de 1521 el ejército realista comenzó el hostigamiento sobre Toledo. El 25 de octubre se firma una tregua favorable para los sitiados, el llamado armisticio de la Sisla, de modo que los comuneros evacuaron el Alcázar, aunque conservando las armas y el control de la ciudad. Esta situación inestable culminó el 3 de febrero de 1522 con un nuevo alzamiento de la ciudad, en el que María Pacheco y sus fieles toman el alcázar de nuevo y liberan a los comuneros presos. No obstante, la sublevación es sofocada por las tropas realistas al día siguiente.

Escultura de Bravo en Segovia
Gracias a la ayuda que le prestan algunos de sus familiares, que militaban en el bando realista, María Pacheco logra huir de la ciudad disfrazada y al amanecer, y con su hijo de corta edad. Con un pequeño séquito consigue llegar hasta Portugal donde vivirá exiliada.

Un triste destino

El 1 de octubre de 1522 el rey decreta un perdón general a los comuneros sublevados, pero hay unas trescientas excepciones, entre los cinco primeras está María Pacheco.

La sentencia(1524) culpabiliza a María Pacheco no sólo de la mayor parte de los sucesos acontecidos en la Guerra de las Comunidades, sino también de la entrada de los franceses en Navarra, por lo que es condenada a «pena de muerte e perdimiento e confiscación de todos sus bienes». La sentencia proclamaba: «(…) mando que, podiendo ser avida, sea presa e trayda a la cárcel real de esta dicha cibdad (…) e de allí sea sacada cavallera en una mula, las manos atadas atrás e una soga a la garganta, e allí sea trayda por las calles e lugares acostumbrados desta cibdad con boz de pregonero manifestando sus delitos, e sea llevada a la plaza pública de Çocodover desta cibdad, donde mando que esté fecho un cadahalso alto, e allí públicamente sea degollada e cortada la cabeça como persona que (ha) hecho tantos e tan graves delitos e trayciones a su Rey e señor natural (….)».

A pesar de que Juan III de Portugal recibe presiones de la corte castellana para que entregue a la prófuga, este no accede.

Escultura a Maldonado en Salamanca
Tuvo que vivir de la caridad del arzobispo de Braga, y posteriormente del obispo de Oporto, Pedro da Costa, que la apoyaron económicamente, así como de las ayudas esporádicas que llegaban desde España. Sin embargo, en septiembre de 1523 María se deshacía de sus joyas «para mantenerse a sí, a Fernando Dávalos, a dieciséis personas que la habían seguido desde Toledo y hasta treinta entre mozos y dependientes».

Por aquellas fechas moría su único hijo, Pero López, a la edad de siete años, en Alhama de Granada, donde se encontraba bajo el cuidado de su regidor. Este dolor agravó su ya frágil salud.
Afectada por el dolor de esta noticia y «muy doliente de unas cámaras que ningún médico supo capitular ni pudo curar», se trasladó de nuevo a Oporto.

Pedro da Costa, mientras él se hallaba en Castilla de capellán mayor de la Emperatriz, consiguió comprar el perdón para aquellos acompañantes de María en el exilio que quisieron regresar. Ella se quedó sola con su capellán, con su criado Diego de Figueroa, y con Diego Sigeo.

Sus hermanos, a pesar de los intentos, no consiguen el perdón real para María. Ella nunca escribió una carta al Emperador Carlos V solicitando el perdón. Sabía que no se lo concedería y permaneció en Portugal nueve años, hasta el final de sus días.

Parece que María murió de dolores en el costado en marzo de 1531. Tenía sólo treinta y cuatro años. En su testamento dejó dicho que, puesto que no se la permitía «ir viva a acabar la vida en Villalar» junto a los restos de su marido, (la última venganza de Carlos V para con María Pacheco fue no permitir que se la enterrase en España ni junto a su marido), «que enterrasen su cuerpo en la See do Porto, delante del altar de San Hiéronimo, que está detrás de la capilla mayor».
A diferencia de los restos de Bravo y de Maldonado, que fueron trasladados a Segovia y Salamanca, respectivamente, para ser sepultados, los de Juan de Padilla fueron trasladados "provisionalmente" al monasterio de La Mejorada (Olmedo), a la espera de que se normalizara la situación en Toledo, pero nunca llegaron allí. Después fueron trasladados a Muñoveros (Segovia). Finalmente se perdieron. Los restos de la última comunera, María Pacheco, también se perdieron por completo tras unas obras realizadas, entre 1606 y 1610, en la catedral de Oporto,

Los tres comuneros en el patíbulo por Gisbert Pérez
La heroína María Pacheco

Sus contemporáneos hablaban de ella con admiración apodándola “leona de Castilla", "brava hembra" y "centella de fuego", solícita madre y esposa excelente. Aunque también se decía que era más propensa a los excesos que a la moderación y que tenía un fuerte carácter.

Sin embargo, poco después los vencedores de la contienda contra los comuneros la denostaron y la historia la olvidó. Su hermano menor, Diego Hurtado de Mendoza, poeta, cronista y embajador de Carlos V, le dedicó un famoso epitafio en claro desacuerdo con las opiniones desfavorables: “Si preguntas mi nombre fue María; si mi tierra, Granada; mi apellido de Pacheco y Mendoza, conocido, el uno y el otro más que el claro día; si mi vida, seguir a mi marido; mi muerte en la opinión que él sostenía; España te dirá mi cualidad, que nunca niega España la verdad.

No fue hasta el siglo XVIII cuando se empezó a recuperar y alabar, por los liberales en el reinado de Isabel II, la figura de la brava comunera.

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