HITLER FUE ADICTO A LAS DROGAS DURAS

Durante la última década de su vida Hitler se drogó, primero con vitaminas y después con cocaína y heroína. Al final consumió hasta 28 tipos de estimulantes, analgésicos, anabolizantes y otras sustancias en un sólo día.

Desde 1943 a 1945 es cuando empieza a tomar drogas sumamente duras y en altas cantidades de cocaína y heroína al mismo tiempo.

Hitler y el doctor Morell
Pervitin

Una reciente investigación  (plasmada en su libro “El Gran Delirio” por el escritor y periodista alemán Norman Ohler) revela por primera vez la relación de Hitler con las drogas como la cocaína, la heroína, la morfina o las metanfetaminas y el uso masivo de estas durante la Alemania nazi por su población y su ejército y el “papel estratágico” de estas durante la II Guerra Mundial.

Durante la República de Weimar la industria farmacéutica alemana estaba en auge y el país era uno de los mayores exportadores tanto de opioides como de morfina y cocaína. El auge y la permisividad colectiva facilitó que psicoestimulantes (o metanfetaminas) como el Pervitin, creado en 1937 por los laboratorios Temmler, tuviera un gran éxito en todos los estratos sociales para rendir más en el trabajo, aguantar más horas activos o ser más eficaces. Fue tal el éxito de este compuesto químico que incluso se comercializaba inyectado en cajas de bombones para regalo.

Cuando Hitler llega al poder en enero de 1933 la sociedad alemana es completamente adicta al Pervitin sin saber exactamente que era una droga. Era una medicación permitida y aceptada.

Cuando el ejército comprobó la eficacia del Pervitín eliminando la necesidad de dormir para mantener a sus soldados alerta y que creaba una sensación de eurfória, también aumentaba la confianza y la voluntad de asumir mayores riesgos, aprobó el uso de la droga en sus tropas en 1939.


Hitler y sus delirantes discursos
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En solo cuatro meses, el ejército distribuyó 35 millones de pastillas de Pervitin e Isophan (una versión ligeramente diferente) entre los soldados, que empezaron a llamarlo “chocolate del tanque”. En 1940 los doctores recibieron la orden de proporcionar a los soldados una tableta al día, dos por la noche y de nuevo una o dos cada tres horas si era necesario.

Por eso, a pesar de las consignas nazis de “pureza de raza” y de “eliminar cualquier veneno del cuerpo” (el régimen criminalizó las drogas mandando a los adictos a campos de concentración o matándolos), no hubo sentimiento de culpa ni chocó cuando los soldados de la Wehrmacht (nombre de las fuerzas armadas unificadas de la Alemania nazi desde 1935 a 1945) lo tomaron para entrar en la batalla durante la Segunda Guerra Mundial en Polonia, Bélgica y Francia consiguiendo así sus éxitos militares bajo el efecto de las drogas y siendo considerados como superhombres.

Aunque las drogas transformaron la capacidad de los soldados alemanes en el frente, sus efectos a medio y largos plazo fueron desastrosos y pasaron factura. Después de pasar varios días despiertos y en permanente acción, solo se les concedía un breve descanso, pero no era suficiente y se les aumentó la dosis de Pervitín convirtiéndolos en adictos lo cual les provocó en algunos casos sudoraciones, mareo, depresión, alucinaciones, fallos cardíacos, episodios psicóticos y suicidios.

En junio de 1941 las autoridades sanitarias alemanas prohíben el Pervitín, pero ya era tarde, se seguirá utilizando.


Hitler y Eva Braun
Hitler y sus fobias

A Hitler le recuerda la historia como un hombre impasible y frío ante el dolor ajeno y la adversidad, un líder carismático que trabaja día y noche por Alemania y que odiaba profundamente el café, el tabaco y el alcohol por considerar que destrozaban su organismo..

Pero también era un hipocondríaco (creía tener enfermedades que no eran reales por lo que suprimió, por ejemplo, la carne de su dieta), lo que le llevó al final de su vida a consumir un peligroso cóctel de adictivas drogas y estimulantes para alejar a las enfermedades y mantenerse “activo”.

No obstante, en sus últimos años sí sufrió varias dolencias como dolores estomacales, estreñimiento, aerofagia, insomnio, trastornos cardíacos y los primeros síntomas del mal de Parkinson.

Sin embargo, Hitler se negó rotundamente a acudir a las eminencias médicas alemanas de la época. No podía permitirse el lujo de que le consideraran un enfermo, porque pensaba que debilitaría su posición política.

Ya en el poder, su primera experiencia real con la enfermedad fue una ronquera que amenazaba con afectar sus vibrantes discursos. Pensó que esta podría derivar en un cáncer de garganta por lo que se puso en manos del mejor otorrinolaringólogo germanano, Carl Otto von Eicken, quien además de extirparle un nódulo inofensivo le recetó unas gotas de cocaína para el dolor.


Hitler y Mussolini
El doctor Morell

Theodor Morell iba a ser el médico en el que Hitler iba a depositar toda su confianza, haciéndole su médico de cabecera. Este había estudiado en Francia y tenía una consulta de enfermedades de la piel y venéreas en un elegante barrio de Berlín. Era el tipo de médico que se especializó en enfermedades que no existían. A su consulta acudían actrices y celebridades aquejados de depresión o enfermedades sexuales, recetando testosterona para los hombres.

Con Morell empezó la adicción de Hitler a las drogas. El Fúhrer tenía miedo a los médicos expertos y no quería que se acercaran demasiado para que no averiguaran cosas de él que pudieran disgustarle. Por eso, cuando acudió a Morell por su problemas estomacales y vio que este no le examinó exhaustivamente ni le hizo demasiadas preguntas sino que de inmediato le recetó unas inyecciones que le hicieron sentir mejor, le fichó.

Desde entonces, Morell siempre lo hizo así. Estaba a su disposición las 24 horas del día y le recetaba sin rechistar lo que pedía. A Morell se le considera hoy un médico que no comprendía muy bien los efectos secundarios y las contraindicaciones de las drogas que recetaba. No tenía conciencia de las repercusiones que podía tener mezclar deteminados medicamentos o drogas en el organismo.

No se sabe con exactitud que fue lo que Morell inyectó en esa primera consulta a Hitler en 1936 y que le hizo sentirse bien al instante, pero los expertos creen que pudo ser glucosa en vena. Le estimulaba tanto esta sustancia que pedía a Morell que le inyectase cada vez que tenía una reunión o tenía que dar un discurso porque notaba que mejoraba su rendimiento. Lo que ocurrió fue que su organismo se acostumbró y cada vez necesitaba dosis más fuertes de esas vitaminas.


Hitler y su staff
A partir del otoño de 1941, cuando empieza a ir mal la guerra contra Rusia, comienza la etapa en la que Morell receta a Hitler hormonas, esteroides y barbitúricos. Le inyectaban hormonas de animales, especialmente cerdos, y al parecer funcionaban. Morell metía injertos de hígado de cerdo en las venas de Hitler dando un subidón a su sistema inmunológico. Todo eso lo mezclaba con testosterona creando una enorme energía, pero también un cóctel brutal de dopaje que hizo que perdiera el equilibrio y se volviera adicto.

Morell también dio testosterona a Hitler cuando este conoció a Eva Braun y pudiera ser sexualmente activo. A ella también le recetó hormonas para que no tuviera la menstruación cuando estaba con el Führer.

Drogas duras para resistir

Posteriormente hubo dos episodios decisivos que iba a marcar un punto de inflexión de Hitler y las drogas.

En el verano de 1943 la II Guerra Mundial empezó a torcerse para las Potencias del Eje. El 18 de julio Rusia había aplastado a los soldados alemanes en Kursk, los aliados ya estaban en Sicilia e Italia barajaba capitular. Hitler se iba a reunir al día siguiente con Mussolini a cien kilómetros al norte de Venecia para intentar convencer al líder italiano que debía seguir. El Fürher había pasado la noche en vela, con dolores de estómago y muy deprimido por las noticias recibidas y la decisiva reunión iba a ser en pocas horas. Morell no lo dudó: inyectó Eukodal a Hitler.

El Eukodal era un narcótico cuyo principio activo era un fuerte opioide. Su efecto narcótico doblaba al de la morfina, pero también tenía un potencial euforizante de efecto inmediato superior a la heroína. Así, con una dosis adecuada de Eukodal, este no produce cansancio ni hace dormir, sino todo lo contrario, según los expertos. El Eukodal que desarrolló entonces Alemania es el que hoy se llama Oxicodona

Esa iba a ser la primera de las decenas de dosis de Eukodal que inyectarían a Hitler hasta el final de la guerra.


La Guarida del Lobo
Hitler se sintió tan bien con el Eukodal que momentos antes de la reunión con Mussolini pidió una nueva dosis. El resultado fue (como lo atestiguan, según Ohler, informes de los servicios secretos estadounidenses) que el Fuhrer estuvo hablando eufórico sin parar durante tres horas seguidas intentando persuadir a su homólogo italiano quién, agotado, no tomó la palabra ni una sola vez, pero, finalmente, Italia siguió apoyando a Alemania. Morell también había triunfado.

Seguir el delirante hilo político y emocional del Hitler de esa etapa, desde su atrincheramiento farmacológico (sus cambios de humor y su desajusto emocional eran constantes), se le hizo muy cuesta arriba a su staff. La mayoría de ellos necesitaron también de las drogas para poder soportar la presión en la sala de reuniones y poder comunicarse con su comandante en jefe. Esto contribuyó a descomponer los vínculos con la realidad de todas las personas de este entorno.

La cosa se salió definitivamente de madre con las drogas tras el fallido atentado contra Hitler en la Guarida del Lobo (cuartel general del alto mando nazi en lo que es Polonia) el 20 de julio de 1944. Las secuelas físicas (dolor de tímpanos) y emocionales generaron una crisis médica alrededor de Hitler. Un otorrino llamado Erwin Giesing se unió al equipo médico del Fuhrer para tratar sus oídos, pero los roces con Morell llegaron al punto de no informarse entre ellos de las drogas que suministraban al paciente. Giesing le daba cocaína para paliar los dolores nasales y auditivos y Morell continuaba con su habitual suministro de Eukodal. El cóctel en la sangre de Hitler era explosivo: la acción sedante del opioide compensaba el efecto estimulante de la cocaína. Una euforia desmedida y un estado de exaltación eran el efecto de este ataque farmacológico de dos potentes moléculas bioquimicamente contrapuestas luchando por su hegemonía en el organismo de Hitler. De julio a octubre de ese año Hitler consumió cocaína más de 40 veces. De Eukodal, que tomaba día si y día también, consumía 20 miligramos, una dosis muy fuerte. La experiencia volvió a Hitler paranoico y ansioso.

Giesing llegó a darse cuenta del dopaje del Führer y decidió suspender la medicación, pero este se lo impidió. Los fuertes fármacos le mantenían estable y seguro en su locura y su paraíso artificial.

Hitler nunca pensó que se estaba drogando. Simplemente estaba obsesionado con la idea de la “reposición inmediata”. Cuando se sentía enfermo quería recuperarse rápido para estar perfectamente haciendo su trabajo y funcionando como el Führer en todo momento.

Pero a estas alturas era un secreto a voces en su entorno inmediato, aunque no se hablaba de ello abiertamente. Goebbels, por ejemplo, dejó escrito en la entrada de su diario de marzo de 1945 que las sustancias recetadas por Morell podían ser a largo plazo sumamente dañinas para Hitler.


Hitler y su mímica
Hubo muchos intentos de deshacerse de Morell hacia el final de la guerra. Heinrich Himmler empezó a sospechar mucho y comenzó a vigilarle. Hubo incluso rumores de que el doctor era agente secreto de una potencia extranjera. Himmler supo que el mismo Morell tomaba morfina, así que intentó recopilar toda la información posible sobre él para iniciar un movimiento que le arrebatara sus poderes y su ascendencia sobre Hitler. Incluso Martin Bormann, secretario de Hitler, intentó regular la medicación que Morell le daba al Führer de forma secreta. Pero Morell siempre permaneció intocable porque Hitler dependía de él.

Ya en 1945, cuando la guerra se acercaba a su final y la derrota de Alemania ante los aliados era evidente, en el búnker donde se refugiaba el alto mando con Hitler ya no quedaban drogas. Las fábricas y las farmacéuticas habían sido bombardeadas y destruías y con ellas la utilidad del Doctor Morell para Hitler. Le despidió en abril de ese año, ya no le servía para nada. En sus últimos meses de vida se puede decir, según la investigación de Ohler, que Hitler era un drogadicto con mono. Al final tomó conciencia de que le habían estado drogando.

Para el autor de la investigación, las drogas no transformaron a Hitler en un ser malvado, eso era intrínseco de su persona, solo potenciaron ese carácter. Le permitieron ser frío y no plantearse jamás que podía estar haciendo algo malo.

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